Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Vania —me dijo entre susurros, conduciéndome al rincón más oscuro—, ¿vas a perdonarme o no?
—Déjalo, Natasha, ¿a qué viene eso?
—No, no, Vania, me has perdonado con demasiada frecuencia y demasiadas veces, pero toda paciencia tiene un lÃmite. Ya sé que nunca vas a dejar de quererme, pero dirás de mà que soy una desagradecida, porque tanto ayer como anteayer me he portado contigo de forma ingrata, egoÃsta, cruel…
De pronto se echó a llorar y apoyó su cara en mi hombro…
—Basta, Natasha —dije de inmediato, tratando de hacerla cambiar de parecer—. He estado toda la noche muy enfermo: ahora mismo apenas me tengo en pie; por eso no vine anoche ni he venido hoy en todo el dÃa, y tú crees que estoy enfadado… Mi querida amiga, ¿piensas que no me doy cuenta de lo que ocurre en tu alma en estos momentos?
—Bueno, está bien… Entonces me has perdonado como siempre —dijo sonriendo entre lágrimas y apretándome la mano hasta hacerme daño—. Lo demás queda para luego. Tengo muchas cosas que contarte, Vania. Ahora vayamos con él…
—Rápido, Natasha; le hemos dejado solo asÃ, de pronto…