Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Ya verás, ya verás lo que va a pasar —me susurró a toda prisa—. Ahora lo sé todo; lo habÃa adivinado todo. Él tiene la culpa de todo. ¡Esta noche se van a decidir muchas cosas! ¡Vamos!
No la entendÃ, pero tampoco habÃa tiempo para preguntar. Con rostro sereno, Natasha se acercó al prÃncipe. Éste seguÃa de pie con el sombrero en las manos. Ella se disculpó en tono alegre, tomó su sombrero, le arrimó una silla y nos sentamos los tres en torno a la mesa.
—Le preguntaba antes por el veleta de mi hijo —dijo el prÃncipe, retomando la conversación—; le he visto tan sólo un momento, y ya en la calle, cuando estaba montando en el coche para dirigirse a casa de la condesa ZinaÃda Fiódorovna. TenÃa muchÃsima prisa y, figúrense, ni siquiera ha querido bajarse para entrar en casa conmigo tras cuatro dÃas de separación. Pero creo que tengo yo la culpa, Natalia Nikoláievna, de que en estos momentos no esté aquÃ, y de haber llegado antes que él; como hoy yo no podÃa ir personalmente a ver a la condesa, he aprovechado la ocasión para hacerle a él un encargo. Pero vendrá en seguida.
—¿Seguro que le ha prometido a usted que vendrÃa hoy? —preguntó Natasha, mirando al prÃncipe con la mayor ingenuidad.