Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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A pesar del tono suave, incluso jocoso, con que Natasha pronunció esta frase, y de la sonrisa que había en sus labios, nunca la había visto tan irritada. Hasta entonces no había sido consciente del dolor tan profundo que había sufrido en aquellos tres días. Sus enigmáticas palabras, asegurando que ya lo sabía todo, que lo había adivinado todo, me asustaban; se referían directamente al príncipe. Había cambiado de opinión sobre él y le veía como a su enemigo… Eso era evidente. Aparentemente, atribuía su fracaso con Aliosha a su influencia, y tal vez no le faltase razón. Yo temía que, en cualquier momento, pudiera haber una escena entre ellos. El tono burlón de Natasha era demasiado manifiesto, demasiado evidente. Sus últimas palabras al príncipe, acusándole de ser incapaz de tomarse en serio sus relaciones; la frase relativa a las obligaciones de la hospitalidad; su promesa, que más bien parecía una amenaza, de demostrarle aquella misma noche que ella sabía hablar con franqueza: todo aquello resultaba tan mordaz, tan explícito, que era impensable que el príncipe no lo entendiera. Vi cómo a éste le mudaba el semblante, aunque supo dominarse. En seguida hizo como si no hubiera reparado en esas palabras, como si no hubiera captado su auténtico sentido y, naturalmente, se las tomó a broma.



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