Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Dios me libre de exigirle excusas! —exclamó riéndose—. En absoluto era eso lo que pretendía, va contra mis principios exigirle excusas a una mujer. Ya en nuestro primer encuentro le previne de mi carácter; por eso, no creo que se enfade conmigo si le hago una observación, sobre todo porque se refiere a todas las mujeres en general; probablemente, usted también esté de acuerdo con esa observación —prosiguió, dirigiéndose a mí amablemente—. He advertido, precisamente, que uno de los rasgos del carácter femenino consiste en que, si una mujer es culpable de algo, prefiere reparar después su culpa con mil caricias que reconocer su falta en el instante de cometerla y pedir entonces perdón. De modo que, aun suponiendo que me hubiera ofendido usted, ahora mismo no desearía sus disculpas. Me resultaría más ventajoso que reconociera usted su falta más tarde y quisiera repararla… con mil caricias. Y siendo usted tan buena, tan pura, tan espontánea, tan sincera, presiento que el momento de su arrepentimiento resultaría delicioso. Ahora, en vez de disculparse, preferiría que me dijera si puedo hacer algo para demostrarle que me comporto con usted con mucha más sinceridad y franqueza de lo que cree.

Natasha se ruborizó. También a mí me dio la impresión de que en la respuesta del príncipe había un tono demasiado frívolo, casi despectivo, una especie de jocosidad impúdica.


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