Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Quiere demostrarme usted que es franco y sincero conmigo? —preguntó Natasha, mirándole con aire desafiante.
—SÃ.
—En ese caso, haga lo que le voy a pedir.
—Tiene mi palabra de antemano.
—Se trata de lo siguiente: no haga, ni con palabras, ni con alusiones referentes a mÃ, que Aliosha se sienta incómodo, ni hoy ni mañana. Nada de reproches por haberse olvidado de mÃ, nada de sermones. Quiero recibirle como si no hubiera pasado nada entre usted y yo, para que no pueda darse cuenta de nada. Eso es lo que quiero. ¿Me da usted su palabra?
—Con muchÃsimo gusto —respondió el prÃncipe—. Y permÃtame añadir, de todo corazón, que pocas veces he encontrado a nadie con un criterio más claro y más sensato en relación con esos asuntos… Pero me parece que ahà viene Aliosha.
En efecto, se oyó ruido en el recibidor. Natasha se estremeció, parecÃa estarse preparando para algo. El prÃncipe seguÃa sentado con gesto serio, pendiente de lo que pudiera suceder; no apartaba los ojos de Natasha. Entonces se abrió la puerta y Aliosha entró en la habitación.