Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Ese qué? —le interrumpió Aliosha—. ¿Qué es lo que te extraña tanto? ¿Que todo eso se aparte un poco de vuestro orden? ¿Que nadie haya donado un millón hasta ahora y ella sí vaya a hacerlo? ¿Es eso, no? ¿Y qué pasa si ella no quiere vivir a expensas de otros? Porque vivir de esos millones significa vivir a costa ajena (yo acabo de descubrirlo). Ella quiere ser útil a la patria y a todos, aportando su óbolo al bien común. De ese óbolo nos hablan las Sagradas Escrituras, pero si ese óbolo asciende a un millón, ¿entonces ya no vale? ¿En qué se basa toda esa dichosa cordura en la que yo tanto creía? ¿Por qué me miras así, padre? ¡Cualquiera diría que tienes delante a un bufón, a un necio! ¿Y qué si soy un necio? Tendrías que haber escuchado, Natasha, lo que decía Katia al respecto: «Lo más importante no es la inteligencia, sino aquello que la guía: la naturaleza, el corazón, las nobles cualidades, el progreso». Y, sobre todo, una cosa genial que le oí decir a Bezmyguin en ese sentido. Este Bezmyguin es un amigo de Lióvenka y Bórenka y, por cierto, es un cerebro, ¡un auténtico cerebro! Ayer, sin ir más lejos, dijo en mitad de una conversación: «¡El necio que reconoce que es un necio ya no es un necio!». ¡Qué gran verdad! Pronuncia sentencias de ese tipo a cada momento. Va sembrando verdades.
—¡Ciertamente genial! —observó el príncipe.