Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡No entiendo nada! ¡Nada! —repitió el prÃncipe, dirigiéndose a mà con cara de absoluto asombro, como poniéndome por testigo. Estaba furioso, exasperado—. Es usted muy suspicaz, y está alarmada —prosiguió, dirigiéndose a Natasha—; sencillamente, siente celos de Katerina Fiódorovna y por eso no tiene reparos en acusar a todo el mundo, y a mà el primero, y… permÃtame ya decÃrselo todo: uno se puede formar una extraña opinión de su carácter… No estoy acostumbrado a esta clase de escenas; después de lo ocurrido, no me quedarÃa aquà ni un minuto más si no fuera por los intereses de mi hijo… Aún sigo esperando, ¿no va a tener usted la bondad de explicarse?
—Asà que usted se empeña en no entender lo que le acabo de decir en dos palabras, a pesar de que usted se lo sabe al dedillo. ¿Pretende usted que se lo diga a las claras?
—No pretendo otra cosa.
—Muy bien, pues escuche —dijo Natasha a voz en grito, mientras los ojos le centelleaban de rabia—. ¡Voy a decÃrselo todo, todo!