Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se cubrió el rostro con las manos, se desplomó sobre el asiento y empezó a sollozar como una chiquilla. Aliosha, dando un grito, se lanzó hacia ella. Era incapaz de contemplar sus lágrimas sin llorar también él.
Sus sollozos, en mi opinión, le vinieron muy bien al príncipe: toda la vehemencia de Natasha en su larga exposición; la dureza de sus ataques contra él, ante los cuales no tuvo más remedio que darse por ofendido, aunque no fuera más que por decoro; todo eso, evidentemente, podía achacarse ahora a un desmesurado ataque de celos, al despecho, a la enfermedad incluso. Y hasta procedía mostrarse compasivo…
—Cálmese, Natalia Nikoláievna, no se ponga así —la consolaba el príncipe—; todo eso es producto de la exaltación, la fantasía, la soledad… Estaba usted tan irritada por el comportamiento irreflexivo de Aliosha… Pero tenga en cuenta que ha sido una mera imprudencia por su parte. El hecho más importante, en el que usted ha hecho tanto hincapié, lo ocurrido el martes, debería más bien demostrarle el inmenso afecto que mi hijo siente por usted, y, en cambio, usted se ha creído que…