Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡No, no me hable, no me torture, por lo menos ahora! —le interrumpió Natalia, llorando amargamente—. ¡Todo esto ya me lo decÃa mi corazón hace tiempo! ¿Acaso cree usted que no soy consciente de que el amor de su hijo ya se ha desvanecido? Aquà sola, en esta habitación… cada vez que me dejaba, que me abandonaba… Ya he pasado por todo eso… Le he dado vueltas a todo… ¿Qué iba a hacer yo? A ti no te culpo, Aliosha… Pero ¿por qué queréis engañarme? ¿O acaso no creéis que yo ya he intentado engañarme a mà misma? ¡Ay, cuántas veces, cuántas veces! ¿Acaso no he prestado atención a cada inflexión de su voz? ¿Acaso no he aprendido a leer en su semblante, en su mirada? Todo, todo está perdido y enterrado… ¡Ay, qué desgraciada soy!
Aliosha lloraba arrodillado ante ella.
—¡No, no, yo soy el culpable! ¡Toda la culpa es mÃa!… —repetÃa entre sollozos.
—No, Aliosha… Los culpables son otros… son nuestros enemigos. Ellos tienen la culpa… ¡ellos!
—Pero dÃgame de una vez —intervino el prÃncipe con cierta impaciencia—, ¿en qué se basa para atribuirme todos esos… crÃmenes? Son meras suposiciones suyas, carentes de pruebas…