Humillados y ofendidos

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—Yo me levanté y no quise darle conversación —me contaba Nellie—, le tenía mucho miedo; se puso a hablar de la señora Búbnova, dijo que está enfadada, pero que ya no se atreve a venir a buscarme, y luego empezó a alabarle a usted; aseguró que era muy amigo suyo y que le conocía desde la infancia. Entonces empecé a hablar con él. Sacó unos caramelos y me dijo que cogiera; yo no quería. Me aseguró que era buena persona, que sabía cantar y bailar; se levantó de un salto y se puso a bailar. Aquello me dio risa. Después dijo que iba a esperarle un ratito más. «Aguardaré a Vania, por si vuelve», dijo, y me rogó que no tuviera miedo de él y me sentara a su lado. Yo me senté, pero no quise hablar con él. Entonces me dijo que había conocido a mi madre y a mi abuelo y… me decidí a hablar. Se quedó un buen rato.

—¿Y de qué hablasteis?

—De mamá… de la Búbnova… del abuelo. Estuvo aquí dos horas.

Parecía como si Nellie no quisiera contarme de qué habían hablado. No le hice más preguntas, confiando en enterarme de todo por Maslobóiev. Me dio la sensación de que Maslobóiev había pasado por mi casa a propósito en mi ausencia para encontrar a Nellie sola. «¿Por qué lo habrá hecho?», pensé.


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