Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me enseñó tres caramelos que le habÃa dado. Eran unos pirulÃs que venÃan envueltos en unos papelitos verdes y rojos, malÃsimos; seguramente los habÃa comprado en una fruterÃa. Nellie se echó a reÃr al enseñármelos.
—¿Por qué no te los has comido? —pregunté.
—No los quiero —respondió, poniéndose seria y frunciendo el ceño—. Yo no se los cogÃ, los dejó él en el sofá…
Como aquel dÃa me aguardaban muchas idas y venidas, me dispuse a despedirme de Nellie.
—¿Te aburres aquà sola? —le pregunté cuando ya iba a salir.
—Sà y no. Me aburro porque está usted mucho tiempo fuera.
Y me miró con mucho afecto al decirlo. Toda la mañana me estuvo observando con la misma tierna mirada y parecÃa muy alegre y cariñosa; al mismo tiempo, se la notaba algo reservada, incluso tÃmida, como si temiera contrariarme en algo y perder mi amistad… Como si temiera… hablar de más, como si le diera vergüenza.
—¿Y qué haces para no aburrirte? Como me has respondido: «Sà y no»… —pregunté, sin poder evitar una sonrisa; le habÃa cogido ya tanto cariño, tanta simpatÃa.