Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Pues ése, como se llame! Feuerbach… caray, maldita sea: ¡Pfefferkuchen! Pues bien, el príncipe, como es natural, no podía casarse. ¿Qué iba a decir la condesa Jlestova[51]? ¿Cómo iba a reaccionar el barón Pomoikin? Era preciso, pues, recurrir al engaño. Aunque lo hizo con excesiva desfachatez. En primer lugar, poco le faltó para pegarle; en segundo lugar, invitó a su casa, con toda intención, a Pfefferkuchen. Éste empezó a frecuentarles e intimó con ella; gimoteaban los dos juntos, pasaban solos veladas enteras, lloraban sus desgracias y él la consolaba: unos benditos, ya se sabe. Así lo había tramado el príncipe. Una noche, ya tarde, los sorprendió juntos y aseguró que estaban teniendo relaciones íntimas: dijo que lo había visto con sus propios ojos. Con ese pretexto, los echó de su casa y se marchó a Londres por una temporada. Pero la joven se hallaba ya en avanzado estado de gestación; al poco de verse en la calle, dio a luz a una hija… quiero decir, a una hija no, sino a un hijo; eso es, a un hijito. Lo bautizaron con el nombre de Volodka. Pfefferkuchen fue el padrino. Y ella se marchó con Pfefferkuchen, que tenía algún dinerillo. Recorrieron Suiza, Italia… estuvieron en todas esas tierras poéticas, como es debido. Ella no paraba de llorar ni Pfefferkuchen de gemir, y así pasaron muchos años, mientras la niña iba creciendo. Todo le habría ido bien al príncipe de no haberle fallado un detalle: no pudo hacerse con el documento en el que se comprometía a casarse y que tenía ella en su poder. «Eres un canalla», le dijo ella al despedirse. «Me has robado, me has deshonrado, y ahora me abandonas. ¡Adiós! Pero el documento con el compromiso matrimonial no te lo pienso devolver. No porque quiera casarme algún día contigo, sino porque le tienes miedo a ese papel. Así que estará siempre en mi poder.» En resumen, que estaba muy enfadada, pero la verdad es que el príncipe se quedó tan tranquilo. Generalmente, los canallas como él saben muy bien cómo sacar provecho cuando tienen que vérselas con las llamadas almas nobles. Es tal su nobleza que resulta muy sencillo engañarlas, y además se limitan a exhibir un altivo desdén, en vez de actuar de un modo práctico y acudir a los tribunales, cuando es posible. Pues bien, así procedió esta madre: se refugió en su orgulloso desprecio y, pese a que aquel documento obraba en su poder, el príncipe sabía que ella se ahorcaría antes que hacer uso de él y pudo estar tranquilo mucho tiempo. Ella, en cambio, por mucho que le hubiera escupido a la cara a ese miserable, se quedó a cargo de Volodka, sin saber qué sería del niño cuando ella muriese. Pero no pensaba en eso. Brüderschaft la confortaba y tampoco pensaba en ese asunto; leían a Schiller. Finalmente, Brüderschaft enfermó y murió.


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