Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Cómo? ¿Será posible? ¡No ha parado de beber y ahora echa a su invitado! ¡Siempre igual! ¡Ay, qué poca vergüenza! —exclamó Aleksandra Semiónovna, a punto de echarse a llorar.
—¡Cada cual a lo suyo! Aleksandra Semiónovna, nos quedamos solos para adorarnos mutuamente. Pero ¡aquà tienes a un general! No, Vania, te he mentido: ¡tú no eres un general, pero yo sà soy un canalla! Ya ves lo que parezco ahora. ¿Qué soy yo a tu lado? Perdóname, Vania, no me juzgues, déjame desahogarme…
Me dio un abrazo y se deshizo en lágrimas. Me dispuse a salir.
—¡Ah, Dios mÃo! Y yo que habÃa preparado la cena —decÃa Aleksandra Semiónovna, consternada—. Pero vendrá usted el viernes, ¿no?
—Claro que sÃ, Aleksandra Semiónovna, palabra de honor.