Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Puede que a usted le desagrade, viéndole así tan… borracho. No le desprecie, Iván Petróvich; tiene buen corazón, muy buen corazón, y ¡cómo le quiere a usted! Me habla de usted día y noche, sin parar. Me ha comprado expresamente sus libros; yo aún no los he leído, mañana empezaré. ¡Qué alegría va a darme usted cuando venga! No veo a nadie, no tenemos visitas. No nos falta de nada, pero estamos solos. He estado todo el rato ahí sentada, y no dejaba de escuchar todo lo que decían, y la verdad es que me ha encantado… Entonces, hasta el viernes…