Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Iván Petróvich! —gritó entusiasmado—. No sabe cuánto me alegro de que por fin haya vuelto. En este momento me disponía a marcharme. Llevo más de una hora esperándole. Hoy le había dado mi palabra a la condesa, en vista de que me lo había pedido con tanta insistencia, de que iríamos juntos a verla. ¡Tiene tantas ganas de conocerle! Y, dado que usted me lo había prometido, he tomado la decisión de presentarme aquí, antes de que le diera tiempo a ir a ningún otro sitio, para invitarle a venir conmigo. Imagínese mi disgusto cuando llego y su sirvienta me comunica que no está usted en casa. ¡A ver qué hacía yo! Y el caso es que había dado mi palabra de honor de presentarme con usted. Total, que me he sentado a esperarle, decidido a aguantar un cuarto de hora. Pero justo al cuarto de hora he cogido su novela y me he enfrascado en la lectura. ¡Iván Petróvich! Pero ¡si es una maravilla! ¿Cómo es posible que no le valoren habiendo escrito eso? Ha hecho usted que se me salten las lágrimas. Y yo no soy de los que lloran a menudo…

—¿Dice usted que le acompañe? Le confieso que, en este momento… No es que tenga nada en contra, pero…




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