Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pero ¿usted se va con él?
—SÃ.
Se estremeció y me agarró del brazo, como suplicándome que no me marchara, pero no dijo una palabra. Decidà interrogarla con más detenimiento al dÃa siguiente.
Le pedà disculpas al prÃncipe y fui a cambiarme. Me aseguró que, para ir allÃ, no tenÃa que ponerme nada especial:
—¡Cualquier prenda ligera! —añadió, mientras me recorrÃa inquisitivamente, de pies a cabeza, con la mirada—. Ya conoce usted los prejuicios sociales… No hay forma de librarse totalmente de ellos. Pasará mucho tiempo antes de que encontremos la perfección en este mundo —concluyó, comprobando satisfecho que tenÃa un frac.
Salimos. Pero le dejé solo en la escalera, regresé a mi apartamento —Nellie ya habÃa entrado discretamente— y volvà a despedirme de ella. La encontré terriblemente alterada. TenÃa la cara lÃvida. Estaba muy preocupado por ella y me pesaba tener que dejarla.
—Tiene usted una sirvienta muy rara —me dijo el prÃncipe mientras bajábamos las escaleras—. Porque esa chiquilla será su sirvienta, ¿no?
—No… bueno… Está viviendo temporalmente en casa.