Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Una chiquilla muy rara. Estoy seguro de que está loca. Imagínese: al principio me ha contestado con toda corrección, pero después, cuando se ha fijado mejor en mí, se me ha echado encima, se ha puesto a gritar, a temblar, me ha agarrado… Quería decirme algo pero era incapaz. Le confieso que me he asustado, que he querido salir huyendo, pero ha sido ella, gracias a Dios, la que se ha alejado de mí. Me he quedado perplejo. ¿Cómo puede usted vivir con ella?

—Padece del mal caduco —respondí.

—¡Ah, se trata de eso! Bueno, entonces no es tan sorprendente… si le dan ataques.

De pronto caí en la cuenta de una cosa: la visita de Maslobóiev de la víspera, sabiendo que yo no estaba en casa, y mi visita a Maslobóiev aquella misma mañana; la historia que Maslobóiev me había contado a regañadientes, y en estado de embriaguez; la invitación para que fuera a verle a las siete; su insistencia en negar que estuviera recurriendo a la astucia conmigo; y, por último, el hecho de que el príncipe me hubiera esperado hora y media, sabiendo, probablemente, que yo estaba en casa de Maslobóiev, mientras Nellie se marchaba a la calle huyendo de él… Todos esos sucesos tenían que guardar alguna relación. Daba que pensar.

Su coche nos aguardaba junto al portal. Nos montamos y partimos.


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