Humillados y ofendidos

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Fui muy bien recibido por la condesa, que me tendió afectuosamente la mano y me aseguró que hacía tiempo que quería conocerme. Sirvió ella misma el té de un magnífico samovar de plata en torno al cual nos sentamos el príncipe y yo, así como un aristócrata entrado en años con una condecoración, un tanto emperifollado y con modales de diplomático. Al parecer, sentían un gran respeto por dicho invitado. La condesa, al volver del extranjero, aún no había tenido tiempo ese invierno de entablar muchas relaciones en San Petersburgo y dotarse de la posición que deseaba y esperaba. Aparte de ese invitado, no apareció nadie más en toda la tarde. Yo buscaba con los ojos a Katerina Fiódorovna; se encontraba en otra habitación con Aliosha, pero, al oír que habíamos llegado, vino inmediatamente a vernos. El príncipe besó cortés su mano, y la condesa le indicó que se acercara hasta mí. Entonces el príncipe nos presentó. La observé con atenta impaciencia: era una muchachita rubia y dulce, vestida de blanco, no muy alta, de rostro apacible y sereno, de ojos muy azules, como decía Aliosha; tenía la hermosura de la juventud, y nada más. Esperaba haberme encontrado con la perfección de la belleza, pero no había tal belleza. Su rostro era suavemente ovalado, de rasgos bastante armoniosos; su cabello era espeso, realmente precioso, y lo llevaba recogido de un modo sencillo; su mirada era serena y atenta. Si la hubiera visto en cualquier otro sitio, habría pasado de largo sin prestarle especial atención. Pero se trataba sólo de una primera impresión; después tuve tiempo de observarla con más detenimiento a lo largo de la velada. Me sorprendió la extraña forma en que me tendió la mano y la ingenua atención con que continuó mirándome a los ojos sin decir una palabra, y, por alguna razón, no pude evitar sonreírle. Sin duda, yo había sentido de inmediato que estaba en presencia de una criatura de corazón puro. La condesa seguía atenta cada uno de sus movimientos. Tras estrecharme la mano, Katia se alejó de mí con cierta premura y se sentó al otro lado de la habitación, junto a Aliosha. Mientras me saludaba, Aliosha me susurró: «Me quedo sólo un minuto y en seguida voy para allá».


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