Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos El «diplomático» —como no conozco su apellido, le llamaré asà por referirme a él de algún modo— hablaba con sosiego y grandilocuencia, desarrollando sus tesis. La condesa le escuchaba con atención. El prÃncipe le miraba con una lisonjera sonrisa de aprobación; el orador se dirigÃa a él con frecuencia, probablemente como señal de que lo consideraba un oyente digno. Me sirvieron el té y me dejaron tranquilo, cosa que agradecÃ. Mientras tanto, me dedicaba a observar a la condesa. A primera vista me gustó, a mi pesar. Puede que ya no fuera joven, pero no me parecÃa que tuviera más de veintiocho años. Su rostro aún se conservaba lozano, y en su primera juventud debió de ser muy bello. Sus cabellos, de color rubio oscuro, aún eran abundantes. TenÃa una mirada extraordinariamente bondadosa, pero un tanto inconstante y burlona, que por alguna razón parecÃa contener en aquellos momentos. Esa mirada reflejaba también mucha inteligencia, pero sobre todo bondad y alegrÃa. Me dio la sensación de que entre sus caracterÃsticas más señaladas habÃa cierta frivolidad, anhelo de placer y una especie de egoÃsmo benévolo; tal vez más egoÃsmo de lo que aparentaba. Estaba a las órdenes del prÃncipe, que ejercÃa sobre ella una enorme influencia. SabÃa que tenÃan una relación; también habÃa oÃdo que, durante su estancia en el extranjero, él no habÃa sido precisamente un amante celoso; pero me parecÃa —y me sigue pareciendo— que más allá de las relaciones pasadas los unÃa algo diferente, y en parte enigmático, una especie de compromiso basado en la mutua conveniencia… en fin, algo asà debÃa de haber. También sabÃa que el prÃncipe, por entonces, estaba cansado de ella, pero que aún no habÃan roto las relaciones. Tal vez fueran las esperanzas depositadas en Katia lo que los unÃa aún, aunque la iniciativa, en ese sentido, debÃa de haber partido del prÃncipe. Sobre esa base, habÃa podido librarse del matrimonio con la condesa —algo que ésta, de hecho, le habÃa exigido—, al convencerla de que colaborara en el casamiento de Aliosha con su hijastra. Eso, al menos, era lo que yo habÃa podido deducir de las inocentes historias que previamente me habÃa contado Aliosha, que de algunas cosas sà se enteraba. También tenÃa la impresión —gracias, en parte, a tales historias— de que al prÃncipe, pese a que la condesa le obedecÃa ciegamente, no le faltaban razones para temerla. Hasta Aliosha se habÃa dado cuenta. Más tarde descubrà que el prÃncipe estaba deseando que la condesa se casara con quien fuera y que con ese objetivo, entre otras cosas, la mandaba a Simbirsk, con la esperanza de encontrarle un marido adecuado en provincias.