Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se acercó a mí en silencio, me tocó en el hombro y me comentó que tenía que decirme un par de cosas. Supuse que lo había enviado Katia, y no me equivoqué. Un minuto después estaba ya sentado junto a ella. Al principio me examinó atentamente, como diciendo para sí: «Vaya, éste eres tú». En un primer momento, ninguno de los dos encontraba palabras para iniciar la conversación. Aunque no me cabía ninguna duda de que, una vez que se lanzara, ella sería capaz de seguir hasta la mañana siguiente. Recordé las «cinco o seis horas de conversación» de las que nos había hablado Aliosha. Éste estaba sentado con nosotros y aguardaba impaciente a que rompiéramos el hielo.
—¿Por qué no decís nada? —preguntó, mirándonos con una sonrisa—. Ahora que por fin os conocéis, os quedáis callados.
—Ay, Aliosha, qué cosas dices… En seguida empezamos —replicó Katia—. Tenemos tantas cosas de que hablar, Iván Petróvich, que no sé por dónde empezar. Hemos tardado demasiado en conocernos; tendríamos que haber coincidido antes, aunque yo a usted hace ya mucho que le conozco. Tenía tantas ganas de verle. Hasta pensé escribirle una carta…
—¿Sobre qué? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa.