Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues, si es imprescindible, ahora mismo… No hay por qué enfadarse. Me paso un momento a ver a Lióvenka y en seguida me voy a casa de ella. Por cierto, Iván Petróvich —añadió, mientras cogÃa su sombrero—, sabrá usted que mi padre quiere renunciar al dinero que ha ganado en el pleito con Ijménev.
—SÃ, ya lo sabÃa, él mismo me lo ha dicho.
—¡Es un gesto tan noble! Pero Katia no se cree que esté actuando con nobleza. Háblele de ese asunto. Adiós, Katia y, por favor, no pongas en duda que quiero a Natasha. ¿Por qué me imponéis todas esas condiciones, me hacéis tantos reproches y me seguÃs a todas partes, como si estuviera sometido a vigilancia? Ella sabe lo mucho que la quiero y confÃa plenamente en mÃ, y yo no tengo ninguna duda. La quiero por encima de todo, al margen de cualquier circunstancia. No sé cómo la quiero. Sencillamente, la quiero. Y no tenéis por qué interrogarme como si yo fuera culpable. Pregúntale a Iván Petróvich, ahora que está aquÃ, y él te podrá confirmar que Natasha es celosa y que, a pesar de lo mucho que me quiere, hay en su amor mucho egoÃsmo, pues se niega a sacrificar nada por mÃ.
—¿A qué se refiere? —pregunté estupefacto, sin dar crédito a lo que oÃa.
—Pero ¿qué estás diciendo, Aliosha? —preguntó Katia, casi gritando, al tiempo que levantaba las manos.