Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero Katia le interrumpió y no le dejó acabar. Empezó a criticarle con vehemencia, haciéndole ver que, si su padre había elogiado a Natasha, lo había hecho sólo para engatusarle con su falsa bondad, y que lo único que pretendía era que rompiera su relación, para lo cual trataba de ponerle en contra de ella de un modo solapado, casi imperceptible. Le expuso, con elocuencia y buen sentido, lo mucho que le quería Natasha, diciéndole que no había amor que pudiera perdonar las faenas que él le hacía y que allí el único egoísta era él. Poco a poco, Katia le llevó a un estado de pesar absoluto y pleno arrepentimiento; estaba sentado a nuestro lado, mirando al suelo, sin replicar, completamente hundido, con una expresión de profundo sufrimiento. Pero Katia era inflexible. Yo la observaba con suma curiosidad. Estaba deseando conocer lo antes posible a aquella extraña muchacha. No era más que una chiquilla, pero bastante poco común, con convicciones, con firmes principios y una pasión innata por el bien y la justicia. Si es que de verdad era una niña, habría que incluirla en la clase de niños pensantes, que tanto abundan en nuestras familias. Saltaba a la vista que había meditado ya muchas cuestiones. Habría sido interesante echar una ojeada dentro de aquella cabecita tan juiciosa y observar cómo se mezclaban allí ideas y conceptos típicamente infantiles con algunas impresiones que se le habían quedado profundamente grabadas y con ciertas observaciones nacidas de la experiencia (porque Katia ya había vivido), con el añadido de una serie de ideas aún no maduradas ni experimentadas, pero que la habían impresionado de una forma abstracta, libresca; tenía acumuladas ya muchas de esas ideas y, probablemente, se creería que las había adquirido de su propia experiencia. En el curso de la velada, y en los días que siguieron, creo que llegué a analizarla bastante a fondo. Tenía un corazón impetuoso y sensible. En ciertas ocasiones, no parecía preocuparse por dominarse a sí misma y ponía la autenticidad por encima de todo, considerando cualquier freno a nuestros impulsos un prejuicio trivial, y se diría que se jactaba de esta convicción, como suele pasarles a muchas personas impetuosas, incluso cuando ya no son tan jóvenes. Pero eso mismo, justamente, le daba un encanto especial. Le fascinaba pensar y buscar la verdad; sin embargo, como no caía en la pedantería y tenía salidas tan infantiles, tan pueriles, a uno desde el primer momento le resultaban simpáticas todas sus rarezas y las aceptaba. Me acordé de Lióvenka y de Bórenka, y entendí que todo aquello formaba parte del orden natural de las cosas. Y, curiosamente, el rostro de Katia, que a primera vista no había encontrado particularmente hermoso, aquella misma noche me fue pareciendo paulatinamente más bello y atractivo. Aquel ingenuo desdoblamiento que había en ella, entre la niña y la mujer juiciosa; aquella sed infantil y extremadamente genuina de verdad y justicia; aquella fe inquebrantable en sus aspiraciones: todo eso iluminaba su rostro con un hermoso halo de sinceridad, confiriéndole una belleza suprema, espiritual; en esos momentos, uno empezaba a darse cuenta de que no era posible captar de inmediato todo el significado de aquella belleza, una belleza que no se entregaba toda de golpe a cualquier mirada vulgar e indiferente. Y comprendí que Aliosha no tenía más remedio que sentirse apasionadamente ligado a ella. Como él no era capaz de pensar y razonar por sí mismo, amaba, precisamente, a quienes pensaban e incluso deseaban por él, y Katia lo había tomado ya bajo su tutela. Aliosha tenía un corazón inmensamente generoso, que se sometía al instante a todo lo que fuera honrado y bello, y Katia ya se había manifestado en muchas ocasiones delante de él con toda su sinceridad infantil y su simpatía. Él carecía por completo de voluntad propia; ella, en cambio, poseía una voluntad firme, vigorosa y ardiente, y Aliosha sólo podía tener apego a quien fuera capaz de dominarle y de someterle. Por eso, entre otras cosas, Natasha había logrado atraerle al comienzo de sus relaciones; Katia, no obstante, le sacaba una gran ventaja: era todavía una chiquilla y, aparentemente, seguiría siéndolo mucho tiempo. Su carácter infantil, su deslumbrante inteligencia y, al mismo tiempo, cierta carencia de juicio la acercaban más a Aliosha. Éste lo notaba, y por eso Katia le atraía cada vez con más fuerza. Estoy seguro de que, cuando charlaban a solas, en medio de las serias disertaciones «propagandísticas» de Katia, se pondrían en cualquier momento a hablar de juguetes. Y, aunque seguramente Katia le regañaba con mucha frecuencia y lo tenía ya en sus garras, saltaba a la vista que se hallaba más a gusto con ella que con Natasha. Hacían mejor pareja, y eso era decisivo.