Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Basta, Katia, basta, ya está bien; tú siempre tienes razón y yo nunca. Eso se debe a que tu corazón es más puro que el mÃo —dijo Aliosha levantándose y dándole la mano para despedirse—. Ahora mismo me voy a casa de Natasha; no voy a pasarme a ver a Lióvenka…
—Es que no se te ha perdido nada en casa de Lióvenka; pero eres muy gentil haciéndome caso y marchándote.
—Tú sà que eres mil veces más gentil que nadie —respondió triste Aliosha—. Iván Petróvich, tengo que decirle un par de cosas.
Nos apartamos unos pasos.
—Hoy me he comportado de un modo vergonzoso —me susurró—, me he comportado de una manera ruin; estoy en falta con todo el mundo y especialmente con ellas dos. Hoy, después de comer, mi padre me ha presentado a Alexandrine, una francesa, una mujer encantadora. Yo… me he dejado llevar y… bueno, qué le voy a decir, no soy digno de estar con ellas… ¡Adiós, Iván Petróvich!
—Es tan bueno y tan noble —se apresuró a comentar Katia cuando volvà a sentarme junto a ella—; pero después ya hablaremos de él largo y tendido; ahora, ante todo, es necesario que aclaremos un punto: ¿qué opinión le merece a usted el prÃncipe?
—Es una persona abyecta.