Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Asà es.
—Estaba segura. Pero, siendo asÃ, ¿cómo ha podido enamorarse de un chiquillo como Aliosha? ExplÃquemelo; no dejo de preguntármelo.
—No puedo darle una explicación, Katerina Fiódorovna; es difÃcil imaginarse cómo y por qué se enamora una persona. Y tiene razón, Aliosha es un niño. Pero ya sabe usted cómo puede amarse a un niño. —Mi corazón se enterneció mirándola a los ojos, clavados fijamente en mà con una atención profunda, seria e impaciente—. Y, en la medida en que Natasha no parece una niña, en la medida en que es más seria —continué—, habrá podido enamorarse de él más rápidamente. Aliosha es franco, sincero, tremendamente ingenuo; a veces, incluso, encantadoramente ingenuo. Tal vez le quiera… ¿cómo le dirÃa?, por lástima. Un corazón generoso puede enamorarse por lástima… Comprendo que no le estoy aclarando nada; no obstante, permÃtame hacerle a mi vez una pregunta: ¿le ama usted?
Le planteé abiertamente aquella cuestión, y me di cuenta de que la precipitación de la pregunta no habÃa podido turbar la infinita pureza infantil de aquel espÃritu sereno.
—Le aseguro que aún no lo sé —repuso en voz baja, mirándome radiante a los ojos—, pero creo que le quiero mucho…