Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —SÃ. —Me controlé y seguà escuchando con avidez. Ya no tenÃa por qué contestarle.
—Pues únicamente, amigo mÃo, porque he visto en usted algo más de sentido común y de perspicacia que en esos dos bobalicones. PodrÃa haber sabido antes qué clase de persona soy, haber tratado de adivinar, haberse hecho toda clase de conjeturas sobre mÃ, pero yo he preferido ahorrarle esa molestia y he decidido mostrarle claramente con quién está tratando. Nada mejor que el efecto de la inmediatez. Entiéndame, mon ami. Ya sabe usted a quién tiene delante, usted quiere a esa muchacha, y por eso confÃo en que usted ejerza su influencia (porque, al fin y al cabo, usted tiene influencia sobre ella) para evitarle determinadas molestias. De otro modo, va a tener problemas, y le aseguro, le aseguro a usted que no van a ser ninguna broma. Bueno, por último, la tercera razón para haber sido tan franco con usted (seguro que ya lo ha adivinado, mi querido amigo)… sÃ, es que tenÃa verdaderas ganas de escupir mi desprecio sobre toda esta historia, y de escupirlo, precisamente, ante sus ojos…