Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues ha logrado usted su objetivo —dije, temblando de la excitación—. Estoy de acuerdo: no habÃa mejor modo de exhibir ante mà toda su rabia y todo su desprecio que con toda esta franqueza. No sólo no le preocupaba que su sinceridad pudiera comprometerle ante mÃ, sino que ni siquiera ha sentido usted la menor vergüenza… Efectivamente, me ha recordado usted al loco aquel de la capa. No me considera un hombre.
—Ha acertado, mi joven amigo —dijo, levantándose de la mesa—; usted siempre acierta: no en vano es escritor. ConfÃo en que nos separemos de una forma amistosa. ¿Una última copa de despedida?
—Está usted borracho, y si no fuera porque no quiero contestarle como se merece…
—¡Otra vez la reticencia! Asà que no me ha dicho usted todo lo que me deberÃa haber dicho, ¡ja, ja, ja! Supongo que no me dejará que le invite.
—No se preocupe, ya pago yo lo mÃo.
—SÃ, claro, sin duda. ¿Quiere que le acerque a alguna parte?
—No voy a ir con usted.
—Adiós, poeta mÃo. Espero que me haya comprendido…
Se alejó con paso inseguro y sin volverse hacia mÃ. Su lacayo le ayudó a subir al coche. Yo seguà mi camino. Ya eran más de las dos. LlovÃa, era una noche oscura…