Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Rápidamente la llevé a la cama. Pero ella no hacÃa más que echarse encima de mà y abrazarme con fuerza, presa del pánico, como si quisiera pedirme que la protegiera de alguien, y, cuando por fin se tumbó en la cama, siguió aferrándose a mi mano, sujetándola con fuerza, temerosa de que me pudiera marchar nuevamente. Yo estaba tan emocionado y tenÃa los nervios tan alterados que, viéndola en ese estado, me eché a llorar. También yo estaba enfermo. Al ver mis lágrimas, me dirigió una larga mirada inmóvil, examinándome con redoblada intensidad, como tratando de comprender alguna cosa. Se notaba que le estaba costando un tremendo esfuerzo. Por fin, algo parecido a una idea se dibujó en su rostro; por lo general, después de cada ataque epiléptico violento, durante un tiempo era incapaz de aclarar sus ideas y de articular con claridad. Como en esta ocasión: tras haber realizado un esfuerzo colosal, con ánimo de decirme algo, y dándose cuenta de que yo no la habÃa entendido, extendió hacia mà su frágil mano y empezó a enjugarme las lágrimas; después me rodeó el cuello con los brazos, me atrajo y me besó.