Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Estaba claro: había sufrido un ataque en mi ausencia, un ataque que le había sobrevenido estando justo al lado de la puerta. Una vez superado, seguramente habría tardado mucho en recuperarse. En esos momentos, la realidad y el delirio se confunden, y ella debió de imaginarse algo espantoso, alguna clase de horror. Al mismo tiempo, sería vagamente consciente de que yo podía volver en cualquier instante, y de que no tendría más remedio que llamar a la puerta; de ese modo, se había tendido en el suelo, al lado de la puerta, donde estuvo esperando ansiosa mi regreso y se levantó al oír mi primer golpe.

«Pero ¿qué estaba haciendo precisamente ahí, al lado de la puerta?», me pregunté, y de pronto advertí con sorpresa que llevaba puesta la pelliza (se la acababa de comprar a una anciana ropavejera, conocida mía, que de vez en cuando se pasaba por mi casa y me dejaba alguna prenda a crédito); por tanto, se disponía a salir a la calle, y es posible que ya hubiera abierto la puerta cuando le sobrevino el ataque epiléptico. ¿Adónde iría? ¿No estaría ya entonces delirando?





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