Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A todo esto, la fiebre no remitía, y en seguida volvió a caer en el delirio y la inconsciencia. Ya había sufrido otros dos ataques desde que vivía allí conmigo, pero siempre se había recuperado bien. Esta vez, sin embargo, tenía fiebre muy alta. Tras una media hora sentado a su lado, acerqué una silla al sofá y me tumbé, tal como estaba, vestido, muy cerca de ella, para despertarme sin demora si me llamaba. Ni siquiera apagué la lámpara. La miré muchas veces antes de acabar por dormirme. Estaba pálida; tenía los labios resecos por la calentura y con restos de sangre, probablemente como consecuencia de la caída; la expresión de terror no se le borraba del rostro, donde también podía verse una profunda angustia que, al parecer, no la abandonaba ni durante el sueño. Decidí que, a la mañana siguiente, si no mejoraba, lo primero que haría sería ir a llamar al médico. Tenía miedo de que aquello desembocara en un verdadero delirio.
«¡Ha sido el príncipe quien la ha asustado!», pensé con un escalofrío, y recordé lo que me había contado sobre aquella mujer que le había arrojado el dinero a la cara.