Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Nosotros tenemos de todo —me decÃa, articulando cada palabra muy deprisa, como si llegara tarde a algún sitio—, pero usted, ya lo ve, vive como un soltero. Asà que no tiene casi nada de esto. De modo que permÃtame… además, son órdenes de Filipp FilÃppich. Bueno, y ahora… ¡deprisa, deprisa! ¿Qué es lo primero que hay que hacer? ¿Cómo está? ¿Está consciente? Huy, asà no está nada cómoda, habrÃa que colocarle la almohada para que la cabeza le quede más baja. Pero, fÃjese… ¿no estarÃa mejor con un cojÃn de piel? La piel es más fresca. ¡Ay, pero qué tonta soy! ¿Cómo no se me habrá ocurrido traer uno? Ya iré luego a buscarlo… ¿No convendrÃa encender el fuego? Le voy a mandar a una señora mayor que conozco. Porque veo que no hay aquà ninguna sirvienta… Bueno, ¿por dónde empezamos? ¿Esto qué es? Estas hierbas… ¿se las ha mandado el doctor? Alguna infusión para el pecho, me imagino. Voy a encender el fuego.