Humillados y ofendidos

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Pero la tranquilicé, y ella se sorprendió, y hasta se sintió apesadumbrada, viendo que tampoco había tanto que hacer. Aunque eso no la desalentó del todo. Desde el primer momento hizo buenas migas con Nellie y me ayudó mucho durante toda su enfermedad. Nos visitaba casi a diario, y llegaba poniendo una cara como si algo se hubiera malogrado o anduviera por ahí perdido y hubiera que agarrarlo cuanto antes. Nunca se olvidaba de añadir que se lo había mandado Filipp Filíppich. Nellie le tenía mucho cariño. Se llevaban muy bien, como dos hermanas, y creo que, en muchos sentidos, Aleksandra Semiónovna era tan niña como Nellie. Le contaba toda clase de historias y la hacía reír, y Nellie después se aburría mucho cuando Aleksandra Semiónovna se marchaba a su casa.

Su primera aparición cogió por sorpresa a mi enferma, aunque ésta no tardó en adivinar qué hacía allí aquella invitada indeseada y, siguiendo su costumbre, frunció el ceño, se cerró en banda y se mostró antipática.

—¿A qué ha venido? —preguntó Nellie, con cara de disgusto, una vez que Aleksandra Semiónovna se hubo marchado.

—A ayudarte, Nellie, y a cuidarte.

—¿Y eso por qué? Yo nunca he hecho nada parecido por ella.


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