Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Naturalmente, no le dije una palabra de mi conversación con el príncipe: sólo habría servido para inquietarla y soliviantarla aún más. Tan sólo le mencioné, sin darle mayor importancia, que había coincidido con el príncipe en casa de la condesa y que estaba convencido de que era un completo canalla. Pero ella tampoco me preguntó por él, lo cual me alegró mucho; en cambio, escuchó con avidez todo lo que le conté de mi charla con Katia. Tras escucharme, no hizo ningún comentario sobre ella, pero su cara, siempre tan pálida, se tiñó de rubor, y estuvo casi todo el día particularmente agitada. No le oculté nada de Katia, y le confesé abiertamente que a mí también me había causado una magnífica impresión. Además, ¿para qué iba a ocultárselo? Natasha lo habría adivinado y se habría enfadado conmigo por ese mismo motivo. Por eso, le conté todo con sumo detalle, tratando de anticiparme a sus preguntas, habida cuenta de que, en su situación, le habría costado formularme muchas de ellas: ¿cómo le iba a resultar fácil, aparentando indiferencia, interesarse por las virtudes de su rival?