Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Yo creía que ella aún no estaba informada de que Aliosha, acatando una decisión irrevocable del príncipe, se disponía a acompañar a la condesa y a Katia a la aldea, y no sabía de qué modo comunicárselo para amortiguar el golpe en la medida de lo posible. Cuál no sería mi sorpresa al ver que Natasha, en cuanto me oyó mencionar el asunto, me interrumpió diciéndome que no me tomara la molestia de intentar consolarla, porque ya hacía cinco días que estaba enterada.
—¡Dios mío! —exclamé—. Pero ¿quién te lo ha dicho?
—Aliosha.
—¿Cómo? ¿Ya te lo ha contado?
—Sí, y yo ya he tomado mis propias decisiones, Vania —añadió, y me dirigió una mirada con la que me advertía de un modo claro y terminante que dejara el tema.