Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Aliosha iba a ver a Natasha con bastante frecuencia, pero se trataba de unas visitas muy breves; sólo en una ocasión se quedó varias horas seguidas con ella; aunque aquella vez no estaba yo presente. Solía llegar con aire triste, y miraba a Natasha tímidamente, con ternura; pero ella lo recibía con tanto cariño, con tanto afecto que inmediatamente se olvidaba de todo y se animaba. También había empezado a visitarme a mí a menudo, casi a diario. La verdad es que lo estaba pasando muy mal, y era incapaz de quedarse un minuto a solas con su pesar, por lo que continuamente acudía a mí en busca de consuelo.

¿Qué podía decirle? Me acusaba de ser frío, indiferente, y hasta de quererle mal; se deprimía, lloraba, y entonces se marchaba a casa de Natasha y allí se reconfortaba.

El mismo día en que Natasha me dijo que estaba al corriente de su próxima partida (eso fue una semana después de mi conversación con el príncipe), Aliosha se presentó de repente en mi casa, desesperado, me abrazó, hundió la cabeza en mi pecho y se puso a sollozar como un niño. Yo me quedé callado, esperando a que dijera algo.



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