Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos ¡Pobre Natasha! Lo que tenía que haberle costado consolar a aquel crío, estar pendiente de él, escuchar su confesión e inventar para aquel ingenuo egoísta, para su tranquilidad, el cuento de la inminente boda. Aliosha, de hecho, estuvo unos días más calmado. Solía acudir a ella, en el fondo, porque su débil corazón no tenía fuerzas para soportar la tristeza en solitario. De todos modos, al acercarse el momento de la separación, volvieron los nervios y las lágrimas, y otra vez le dio por buscar mi compañía para desahogarse conmigo. En los últimos tiempos tenía tal apego a Natasha que no era capaz de estar un solo día sin ella, no digamos ya un mes y medio. Con todo, hasta el último minuto estuvo totalmente convencido de que se alejaba de ella sólo por una temporada y de que a su regreso se celebraría la boda. Por lo que respecta a Natasha, era plenamente consciente de que su destino estaba cambiando radicalmente, de que Aliosha ya nunca volvería a su lado y de que así era como debía ser.