Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Llegó el día de la separación. Natasha estaba mala: pálida, con la mirada febril, los labios cuarteados. De vez en cuando, hablaba sola; otras veces, me dirigía una rápida mirada inquisitiva. No lloraba, no contestaba a mis preguntas y se puso a temblar como una hoja cuando se oyó la sonora voz de Aliosha al entrar. Se sonrojó vivamente y salió corriendo a recibirlo; lo abrazó espasmódicamente, lo besó, se reía… Aliosha la miraba atentamente, le preguntaba inquieto, cada cierto tiempo, si se encontraba bien, la consolaba diciéndole que no iba a estar mucho tiempo fuera, que después se iban a casar. Natasha, a costa de un esfuerzo evidente, se dominó y reprimió las lágrimas. No lloró en su presencia.