Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos La anciana lloraba mientras me escuchaba. Finalmente, cuando le dije que tenía que ir sin falta a casa de Natasha y que ya llegaba tarde, se estremeció y me dijo que se le había olvidado contarme lo más importante. En el momento de ir a coger la carta entre los restantes papeles, por un descuido, había volcado encima el tintero. Efectivamente, una de las esquinas de la hoja estaba toda manchada de tinta, y Anna Andréievna estaba muy preocupada pensando que su marido podía descubrir por esa mancha que ella había aprovechado su ausencia para fisgar entre sus papeles y que había leído la carta a Natasha. Sus temores no carecían de fundamento: bastaba con que descubriera que estábamos al tanto de su secreto para que, movido por la vergüenza y el enojo, prolongara su inquina y, presa de la soberbia, se resistiera a perdonar.