Humillados y ofendidos

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Sin embargo, mientras consideraba el asunto, intentaba convencer a mi amiga de que no se inquietara. Su marido había interrumpido la redacción de la carta en un estado tal de agitación que a lo mejor ya no se acordaba de todos los pequeños detalles, y podía pensar que él mismo había manchado la carta y luego se le había olvidado. Tras consolar de ese modo a Anna Andréievna, volvimos a colocar la carta en su sitio con mucho cuidado, y a mí se me ocurrió que, antes de marcharme, tenía que hablar con ella seriamente sobre Nellie. Me parecía que la pobre huérfana abandonada, cuya madre también había sufrido la maldición de su propio padre, podría conmover al viejo Ijménev con el relato lamentable, trágico, de su vida anterior y del fallecimiento de su madre, inspirándole sentimientos magnánimos. Todo estaba listo, todo había madurado en su corazón; la añoranza de su hija empezaba a imponerse sobre el orgullo y el amor propio lastimado. Faltaba un último empujón, una situación propicia, y esa ocasión podía proporcionárnosla Nellie. La anciana me escuchó con una atención insólita: el rostro se le iluminó entusiasmado, lleno de esperanza. De inmediato, empezó a reprenderme por no habérselo dicho antes y a interrogarme acerca de Nellie, y finalmente me prometió solemnemente que iba a pedirle a su marido que acogieran a la huérfana en su casa. Ya estaba empezando a querer a Nellie de todo corazón, lamentaba que estuviera enferma, quería saber más sobre ella, me obligó a que le llevara un tarro de mermelada que trajo corriendo de la despensa; me entregó cinco rublos, convencida de que yo no tenía dinero para pagar a un médico, y, como me negué a aceptárselos, no hubo forma de que se quedara tranquila, aunque se consoló pensando que Nellie andaría escasa de vestidos y de ropa interior, y ahí sí podía ella echar una mano, de manera que se puso a revisar los baúles donde guardaba sus vestidos y fue seleccionando aquellas cosas que podía regalar a la «huerfanita».


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