Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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De allí me fui a casa de Natasha. Mientras subía el último tramo de la escalera —que, como ya he dicho en otras ocasiones, era de caracol—, me di cuenta de que había un individuo delante de su puerta. Se disponía a llamar, pero, al escuchar mis pasos, se detuvo. Por fin, tras ciertos titubeos, renunció a su propósito y empezó a bajar. Nos cruzamos a la altura del descansillo, y me quedé de piedra al ver que se trataba de Ijménev. La escalera estaba siempre muy oscura, incluso en pleno día. Se había arrimado a la pared, cediéndome el paso, y recuerdo aquel extraño brillo en sus ojos mientras me miraba con mucha atención. Me dio la sensación de que se ponía colorado como un tomate; en cualquier caso, estaba terriblemente turbado y no sabía cómo reaccionar.

—¡Caramba, Vania, si eres tú! —dijo con voz vacilante—. He venido a ver a un individuo… a un escribano… Gestiones, como siempre… Se ha mudado hace poco… por aquí cerca… pero al parecer no es en esta casa. Me he confundido. Adiós.

Y siguió bajando las escaleras a toda prisa.




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