Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Decidà no mencionarle al principio el encuentro a Natasha, y esperar a que se marchara Aliosha y se quedara sola para decÃrselo. En aquellos momentos ella estaba tan abatida que, aunque hubiera podido entender y juzgar toda la trascendencia del hecho, no habrÃa sido capaz de aceptarlo y sentirlo como lo habrÃa hecho más tarde, en el instante supremo de la tristeza avasalladora y de la desesperación. TodavÃa no habÃa llegado el momento.
Aquel dÃa podrÃa haber vuelto a casa de los Ijménev, y me entraron verdaderas ganas de hacerlo, pero al final no fui. TenÃa la impresión de que para Nikolái Sergueich habrÃa sido duro tener que verme; podrÃa pensar incluso que, después de nuestro encuentro, habÃa ido aposta. Fui a visitarlos al cabo de dos dÃas; el viejo estaba deprimido, pero me recibió con toda naturalidad y estuvo todo el tiempo hablándome de sus asuntos.
—Por cierto, ¿a quién ibas a ver en aquel piso, cuando nos encontramos el otro dÃa?… ¿Cuándo fue aquello?… Hará un par de dÃas, si no me equivoco —preguntó de pronto, como si tal cosa, aunque, de todos modos, desvió la mirada.
—Un amigo mÃo vive ahà —respondÃ, apartando la mirada a mi vez.