Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ah! Pues yo andaba buscando a mi escribiente, un tal Astáfiev; me habÃan dicho que era en esa casa… pero el caso es que estaba equivocado… Bueno, como te iba diciendo, con respecto al pleito: en el Senado[56] han decidido… —Y siguió en ese plan.
Hasta se ruborizó al empezar a hablar del pleito.
Ese mismo dÃa se lo conté todo a Anna Andréievna, con intención de animarla, y de paso le rogué, por ejemplo, que no mirara a su marido con aire inquisitivo, que no suspirara, que no hiciera insinuaciones; en definitiva, que no diera a entender, de ningún modo, que estaba al corriente de la última extravagancia de su marido. La vieja estaba tan sorprendida y tan contenta que al principio no querÃa creerme. Por su parte, me comentó que ya le habÃa hecho alguna insinuación a Nikolái Sergueich en relación con la huérfana, pero que él no habÃa dicho ni palabra, cuando antes siempre era él el que insistÃa en que acogieran en casa a la chiquilla. Acordamos que al dÃa siguiente ella misma se lo pedirÃa directamente, sin más preámbulos ni insinuaciones. Pero al dÃa siguiente los dos estábamos muy asustados e inquietos.