Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Lo que había ocurrido, entre tanto, había sido que Ijménev se había visto aquella misma mañana con el funcionario que llevaba su pleito, y éste le había comunicado que se había entrevistado con el príncipe, el cual, aun reteniendo la propiedad de Ijménevka, había decidido compensar al anciano, haciéndole entrega de diez mil rublos, «en virtud de determinadas circunstancias familiares». Después de hablar con el funcionario, lo primero que hizo el viejo fue venir a verme, completamente alterado; los ojos le echaban chispas de rabia. Me pidió que saliéramos del apartamento, no sé muy bien por qué, y me exigió imperiosamente en las escaleras que fuera de inmediato a ver al príncipe y le retara a un duelo en su nombre. Yo estaba tan estupefacto que durante un buen rato fui incapaz de pensar en nada. Intenté hacerle entrar en razón. Pero el anciano había llegado en un estado tal de excitación que se puso malo. Fui corriendo a buscarle un vaso de agua y, al volver, ya no encontré a Ijménev en las escaleras.
Al día siguiente fui a verle a casa, pero ya había salido; estuvo tres días desaparecido.