Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos La carta era del príncipe. En un tono seco, conciso y cortés hacía saber a Ijménev que no consideraba que tuviera obligación de responder por las palabras que había pronunciado ante aquel funcionario. Que, por más que compadecía profundamente a Ijménev por haber perdido el proceso, no encontraba justo, en ningún sentido, que el derrotado en un pleito tuviese derecho, movido por un afán de venganza, a retar a duelo a la parte contraria. En lo tocante a la «pública deshonra» con la que le amenazaba, el príncipe le rogaba a Ijménev que no se preocupara por eso, pues no habría, ni podría haber, ninguna deshonra pública; que su carta iría a parar, sin demora, a donde correspondía y que la policía, debidamente prevenida, sin duda estaría en condiciones de adoptar las medidas pertinentes para garantizar el orden y la tranquilidad.