Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Ijménev, con la carta en la mano, se lanzó sin demora a buscar al príncipe. Una vez más, el príncipe no estaba en casa, pero el anciano pudo averiguar por el lacayo que en aquellos momentos el príncipe seguramente estaría en casa del conde N. Sin pensárselo dos veces, fue corriendo al domicilio del conde. El portero del conde le cerró el paso cuando ya se disponía a subir por las escaleras. El anciano, fuera de sí, le golpeó con el bastón. Fue detenido de inmediato; lo sacaron al zaguán y lo pusieron en manos de unos agentes de policía, que lo trasladaron a la comisaría. El conde fue informado. Pero, cuando el príncipe, allí presente, le explicó al voluptuoso anciano que se trataba de Ijménev, el padre, precisamente, de esa tal Natalia Nikoláievna (y el príncipe, en más de una ocasión, había prestado sus servicios al conde en asuntos de esa índole), aquel ilustre señor se limitó a reírse y la furia dejó paso a la benevolencia, y se dio orden de dejar en libertad a Ijménev. Sin embargo, tardaron dos días en soltarlo, y para colmo le comunicaron al anciano (seguramente, a instancias del príncipe) que había sido el propio príncipe quien había rogado al conde que le perdonara.