Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Ijménev volvió a casa en un estado de enajenación, se echó en la cama y estuvo una hora inmóvil; por fin se incorporó y, para espanto de Anna Andréievna, proclamó solemnemente que maldecía a su hija por los siglos de los siglos y la privaba de su bendición paterna.
Anna Andréievna estaba aterrorizada, pero no tenía más remedio que auxiliar a su anciano marido, de modo que, sin darse apenas cuenta de lo que hacía, se pasó todo el día y gran parte de la noche atendiéndole, humedeciéndole la cabeza con vinagre y aplicándole hielo. Tenía fiebre y deliraba. Yo estuve haciéndoles compañía hasta pasadas las dos de la madrugada. Sin embargo, a la mañana siguiente Ijménev se levantó de la cama y ese mismo día vino a verme, con el propósito de llevarse de una vez a Nellie a su casa. Ya he contado la escena que tuvo con Nellie; esa escena acabó de hundirle definitivamente. De vuelta a casa, se metió en la cama. Todo esto ocurrió el Viernes Santo, el día en que estaba previsto el encuentro entre Katia y Natasha, la víspera de la partida de Aliosha y Katia de San Petersburgo. Yo estuve presente en aquel encuentro: tuvo lugar a primera hora de la mañana, antes de la visita del viejo Ijménev y de la primera fuga de Nellie.