Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A Nellie le centellearon los ojos y, con una expresión ingenuamente retadora, miró al viejo Ijménev.
—Muy bien hecho —dijo Anna Andréievna, estrujando a Nellie, sin querer mirar a Nikolái Sergueich—; pero que muy bien hecho. Tu abuelo era un hombre malvado y cruel.
—¡Hum! —reaccionó Nikolái Sergueich.
—Bueno, ¿y luego qué? ¿Luego qué? —preguntó con impaciencia Anna Andréievna.
—Yo dejé de ir a ver al abuelo, y él dejó de venir a buscarme —contestó Nellie.
—Y, entonces, ¿cómo te las arreglaste con tu madre? ¡Ay, pobres, pobres!