Humillados y ofendidos

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—Mamá cada vez estaba peor, ya casi no se levantaba de la cama —continuó Nellie, con voz temblorosa y entrecortada—. Como no teníamos dinero, empecé a salir con la capitana. La capitana iba por las casas pidiendo, y también paraba a la gente por la calle, y así vivía. Me decía que no era una pordiosera, que tenía papeles que indicaban cuál era su rango, y donde también se decía que era pobre. Ella mostraba esos papeles, y de ese modo le daban dinero. Solía decirme que pedir a todo el mundo no es ninguna vergüenza. Yo la acompañaba, y vivíamos de lo que sacaba. Mamá lo sabía, porque los otros inquilinos empezaron a meterse con ella, llamándola mendiga. La propia Búbnova vino a ver a mamá y le dijo que sería mejor que me pusiera en sus manos, en vez de andar por ahí pidiendo limosna. Ya había venido otras veces a traerle dinero a mamá, y una vez que mamá no se lo cogió, ella le reprochó que fuera tan orgullosa, y le mandó algo de comer. Pero, cuando le dijo eso de mí, mamá se echó a llorar y se asustó, y la Búbnova, que había bebido, empezó a regañarla, diciendo que, de todos modos, yo era una pordiosera que iba por ahí pidiendo con la capitana, y esa misma noche echó a la capitana de la casa. Al oír todo aquello, mamá empezó a llorar, pero de pronto se levantó de la cama, se vistió, me cogió de la mano y me llevó consigo. Iván Aleksándrich trató de detenerla, pero ella no hizo caso y nos fuimos. Mamá apenas podía andar, y cada dos por tres tenía que sentarse en plena calle, y yo la ayudaba. No paraba de decir que quería ir a ver al abuelo, que la llevara a su casa, aunque ya hacía rato que se había hecho de noche. De repente llegamos a una calle importante; allí mismo, delante de una casa, se iban deteniendo los coches, y mucha gente se bajaba de ellos, y todas las ventanas estaban iluminadas, y se oía la música sonar. Mamá se quedó parada, me agarró con fuerza y en ese momento me dijo: «Nellie, nunca en la vida dejes de ser pobre, no te vayas con esa gente, da igual quién te llame, quién venga a buscarte. Tú también podrías estar ahí, siendo rica, con un buen vestido, pero yo no quiero que sea así. Esa gente es malvada y cruel, así que éste es mi mandato: no dejes de ser pobre, trabaja y pide limosna, y, si alguien viene a buscarte, ¡dile que no quieres irte con él!». Eso fue lo que me dijo mamá, estando enferma, y yo la voy a obedecer toda la vida —añadió Nellie, temblando de la emoción, con la cara encendida—, y siempre voy a servir y a trabajar, y he venido a su casa también para servir y trabajar, no quiero ser su hija…


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