Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Calma, calma, tesoro, calma! —exclamó la anciana, estrechando a Nellie entre sus brazos—. Ten en cuenta que tu madre estaba enferma cuando te decÃa esas cosas.
—Estaba trastornada —comentó bruscamente el viejo.
—¡Y qué! —replicó Nellie, dirigiéndose a él con firmeza—. Aunque estuviera trastornada, eso fue lo que me mandó, y yo voy a obedecerla toda la vida. Además, cuando me dijo eso, cayó al suelo desmayada.
—¡Santo Dios! —exclamó Anna Andréievna—. AsÃ, enferma, en plena calle, en invierno…
—QuerÃan llamar a la policÃa, pero un señor intervino, me preguntó dónde vivÃamos, me dio diez rublos y dio orden de trasladar a mamá a casa en su coche. Después de eso mamá ya no volvió a levantarse, y murió a las tres semanas…
—¿Y su padre? ¿No la perdonó? —gritó Anna Andréievna.