Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—El último día, antes de morir, a la caída de la tarde, mamá me llamó, me cogió la mano y me dijo: «Me muero hoy mismo, Nellie». Quiso añadir algo más, pero ya no fue capaz. Yo la miraba, pero ella era como si no me viera, únicamente me sujetaba con fuerza la mano entre las suyas. Yo la retiré con mucho cuidado y me marché corriendo, y no paré de correr en todo el camino hasta que llegué a casa del abuelo. Cuando me vio, se puso de pie de un salto y se quedó mirándome, y se asustó tanto que se puso todo blanco y empezó a temblar. Le cogí de la mano y dije una sola cosa: «¡Ahora se está muriendo!». Súbitamente pareció reaccionar, cogió su bastón y salimos de allí a toda prisa; hasta se le olvidaba el sombrero, y eso que hacía frío. Yo lo cogí y se lo puse, y nos fuimos juntos corriendo. Yo le metía prisa y le decía que cogiéramos un coche, porque mamá se iba a morir en cualquier momento, pero el abuelo sólo llevaba siete kópeks encima. Paró a algunos cocheros y trató de regatear, pero ellos se reían de él, y también se reían de Azorka, que venía a nuestro lado, así que seguimos corriendo sin descanso. El abuelo se cansaba y se le hacía difícil respirar, pero no aflojaba el paso. De pronto se cayó, y su sombrero salió volando. Le ayudé a levantarse, le puse otra vez el sombrero y a partir de ahí le llevé de la mano, así que cuando llegamos a casa ya era casi de noche… Pero mamá yacía muerta. Cuando el abuelo la vio, levantó los brazos, se puso a temblar y se quedó parado delante de ella, sin decir nada. Entonces me acerqué a mamá, agarré al abuelo de la mano y le grité: «Ahí la tienes, hombre malvado y cruel. ¡Mírala! ¡Mírala!». En ese momento el abuelo soltó un grito y cayó desplomado al suelo, como muerto.


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