Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Nellie dio un salto, se liberó del abrazo de Anna Andréievna y se quedó en medio de los tres, pálida, exhausta y asustada. Pero Anna Andréievna se echó encima de ella, volvió a estrecharla entre sus brazos y exclamó, en un estado de inspiración:
—Yo ahora voy a ser tu madre, Nellie, ¡y tú serás mi hija! ¡Sí, Nellie, vamos allá, sin hacer caso de toda esa gente malvada y cruel! Allá ellos si se burlan de la gente: Dios se lo tendrá en cuenta… ¡Vamos, Nellie, vámonos de aquí, vámonos!
Nunca en la vida, ni antes ni después, la he visto en ese estado, y nunca antes había pensado que pudiera llegar a estar tan excitada. Nikolái Sergueich se incorporó en el asiento, se puso de pie y preguntó con voz entrecortada:
—¿Adónde vas, Anna Andréievna?
—¡A su casa, a casa de nuestra hija, a casa de Natasha! —proclamó, arrastrando a Nellie consigo hacia la puerta.
—¡Alto, alto! ¡Espera!
—¡No hay nada que esperar, hombre malvado y cruel! Ya he esperado mucho, y ella también ha esperado mucho; y ahora, ¡adiós!